Stories From Home: Leticia Vega and Her Outlook on Life
By Brianna Vega / Spring 2026
Mi mamá nació y creció en Abadiano, Michoacán, un pueblo pequeño y humilde donde todos se conocían. Creció siendo una de las más jóvenes de una familia de doce hermanos, rodeada de gente, amor y recuerdos, pero también de hambre, trabajo y sacrificio. La vida ahí era sencilla, pero no siempre era fácil. La comida, el dinero y las oportunidades eran limitadas, así que desde muy pequeña mi mamá entendió que su familia tenía que trabajar duro para salir adelante.
Ella me cuenta historias de cómo mi abuela la hacía bailar cuando pedía de comer, y aunque lo cuenta casi como un recuerdo de infancia, yo puedo escuchar el dolor más profundo que hay detrás de esa historia. Mi mamá sabía que cuando mi abuela decía que no había comida, es porque realmente no había nada que dar. No era crueldad. Era pobreza.
Por eso, mi mamá no recibió mucha educación. Tuvo que dejar la escuela para trabajar y ayudar a mantener a su familia. En lugar de pasar su juventud en los salones de clases, la pasó en el campo sembrando maíz, calabaza y frijoles. Sé que debió haber sufrido de maneras yo nunca entenderé por completo, pero pocas veces habla de esas partes difíciles de su vida. Pero ella me cuenta sobre los buenos momentos que compartió con su familia y los recuerdos felices que todavía hacen que México se sienta como casa.
A los veintitrés años se casó con mi papá y tuvo a mi hermana mayor, Berenice. Unos años después, a los veintiséis, nació mi hermano mayor, Andrés. Pasaron algunos años más en México antes de decidir mudarse a los Estados Unidos. No fue una decisión fácil, pero mis padres querían algo mejor para sus hijos. Mi mamá quería que tuvieran seguridad, oportunidades y una vida que no estuviera tan marcada por la lucha constante por sobrevivir.
Creo que eso dice mucho sobre el tipo de persona que es mi mamá. Incluso cuando tenía miedo, cuando no sabía qué iba a pasar después, seguía pensando primero en sus hijos antes que en ella misma.
Mis padres llegaron oficialmente a los Estados Unidos en el año 2000. Mi papá cruzó primero porque mi mamá quería asegurarse de que sus hijos llegaran sanos y salvos. Tres días después, Berenice y Andrés cruzaron con un coyote. Mi mamá se quedó una semana más en Mexicali después de que sus hijos lograron cruzar, y después fue su turno.
Su primer intento de cruzar no salió como pesaba. La detuvieron tratando de cruzar la frontera y la deportaron de regreso a Mexicali. Le tomaron fotos y huellas digitales. Pensaba quedarse ahí. Después de todo lo que ya había pasado, probablemente quedarse parecía más fácil que volver a intentarlo. Pero tenía a su esposo y a sus hijos esperándola, y eso fue suficiente para seguir adelante.
Ella recuerda que el segundo intento fue todavía peor. Caminó durante nueve horas por el desierto bajo temperaturas de más de 100 grados. Para cuando finalmente logró cruzar, su cuerpo estaba completamente cansada. Descansó con su hermana mayor Rosa en Coachella, donde por fin pudo dormir y respirar tranquila después de todo lo que había vivido.
Los zapatos que llevaba puestos le quedaban pequeños, y cuando finalmente se los quitó, parte de su piel se le desprendió junto con ellos. Su cuerpo cargó el dolor de ese cruce, y todavía tiene algunas cicatrices de aquella noche. Una semana después comenzó su nueva vida en Oakland, California.
Mi mamá es la persona más alegre y extrovertida que conozco. Su sonrisa es difícil de olvidar, y es una de las cosas a las que más me aferro cuando me siento sola. Es mi mejor amiga y tiene esa clase de sabiduría que siempre parece ser exactamente lo que necesito escuchar.
Le encanta salir a caminar, tomar su café por las mañanas y admirar las flores, especialmente los girasoles. Su color favorito es el morado, pero no cualquier morado. Le gusta un morado oscuro y profundo. Nunca he entendido muy bien por qué, pero cuando usa ese color parece que brilla.
La personalidad de mi mamá es una de las razones por las que la gente se siente atraída hacia ella. Muchos de mis amigos le dicen “tía” o hasta “mamá” porque tiene una forma especial de hacer que las personas se sientan cómodas y bienvenidas, aunque no sean familia.
A veces me hace pensar que mis amigos vienen a la casa solo para verla a ella. Nuestro hogar siempre se ha sentido como un lugar seguro gracias a mi mamá. Amigos de la familia han acudido a ella cuando necesitaban consejos o simplemente alguien que los escuchara. Tiene una calidez que hace que la gente confíe en ella.
Incluso después de todo lo difícil que ha vivido, siempre encuentra una manera de sonreír, reír y cuidar a quienes ella. Es una persona dulce, pero fuerte al mismo tiempo.
A mi mamá también le gusta jugar con mi nariz y burlarse de mí por ella, es gracioso porque tenemos exactamente la misma nariz. La gente siempre me ha dicho que me parezco mucho a ella, y siempre me ha dado orgullo escuchar eso.
Me encanta cuando alguien me dice: “Ya veo de dónde sacaste eso” o “Ahora entiendo por qué eres así”, porque la mayoría de las veces están hablando de mi mamá. Es difícil no parecerse a ella cuando es todo lo que he conocido.
Parecerme a mi mamá no se siente como copiarla. Se siente como haber heredado partes de ella. La llevo conmigo en las forma en que hablo, en la forma en que amo, en la manera en que protejo a las personas que quiero e incluso en la forma en que trato de mantenerme fuerte cuando las cosas se ponen difíciles.
Cuando las personas ven a mi mamá reflejada en mí, lo tomo como uno de los mayores cumplidos que me pueden hacer.
Las primeras historias que se quedaron grabadas en la memoria de mi mamá giran alrededor de la relación que tenía con su papá. Cada vez que habla de él, su voz se vuelve más suave. Incluso tantos años después de su muerte, es evidente cuánto lo amaba y cuánto influyó su presencia en su infancia.
Recolección de Tunas
Uno de los recuerdos más felices de la infancia de mi mamá ocurrió cuando tenía unos cinco o seis años. Su papá la llevaba junto con sus hermanos al campo a recoger tunas. Durante la entrevista, mi mamá me contó que no recuerda un olor específico de las tunas porque realmente no tienen mucho aroma. En cambio, recuerda imaginar lo rico que iban a saber. Las comparó con frutas como la piña, las naranja o las mandarina, que tienen olores mucho más fuertes. Incluso después de tantos años, todavía recuerda esa emoción y anticipación que sentía antes de comerlas.
"No recuerdo un olor específico de las tunas porque realmente no tienen mucho olor. Pero sí recuerdo imaginar lo deliciosas que iban a estar. Algunas frutas sí tienen olores más fuertes, como la piña, los pepinos, las naranjas o las mandarinas. Las tunas no tenían un olor fuerte que pudieras reconocer."
Su papá cortaba cuidadosamente las pencas del nopal para hacer una pequeña cajita. Después pelaba las tunas y llenaba la cajita para los niños. En ese tiempo, su familia no tenía suficiente dinero para comprar fruta, dulces o golosinas, así que recibir esas tunas era algo especial y emocionante.
Aunque las tunas no tenían un olor fuerte como la piña, la naranja o la mandarina, mi mamá recuerda lo deliciosas que eran. La experiencia la hacía sentir querida y feliz porque era algo que su papá disfrutaba hacer por ellos con frecuencia.
Capulines en el Cerro
Otro recuerdo importante que vivió con su papá era cuando iba al cerro donde él trabajaba. Ahí había árboles llenos de capulines, unas pequeñas frutas parecidas a las cerezas. Durante la entrevista, mi mamá explicó que su papá les permitía subirse a los árboles y agarrar todos los capulines que quisieran después de terminar de trabajar. Ella lo describió como una persona muy generosa que disfrutaba dejar que sus hijos se divirtieran, incluso cuando estaban ayudándolo en el campo.
"Cuando íbamos al cerro donde él trabajaba, había árboles con capulines, unas frutas parecidas a las cerezas. Nos dejaba subirnos a los árboles y agarrar todos los que quisiéramos. Mi papá era muy generoso con nosotros. Nos dejaba hacer esas cosas después de terminar de trabajar o cuando íbamos con él."
Recuerda esos momentos con mucha alegría porque combinaban el trabajo, el juego y el tiempo en familia. A diferencia de su mamá, que muchas veces esperaba que se concentraran en el trabajo y las responsabilidades, su papá les permitía disfrutar mientras estaban en el campo. Los recuerdos de comer fruta juntos y trepar árboles siguieron siendo importantes porque la hacían sentir libre y querida.
Una de las razones por las que creo que estos recuerdos permanecieron con mi mamá es porque representan el amor de su padre y esos pequeños momentos en los que podía sentirse libre. Su familia no tenía mucho dinero, así que no siempre podían darse el gusto de tener dulces o golosinas. Por eso, el simple acto de que su papá cortara las tunas, las pelara y las ponían dentro de una pequeña cajita hecha del mismo nopal se convirtió en algo más que darle comida. Se convirtió en un recuerdo de cariño.
También recuerda acompañarlo al cerro donde trabajaba, donde había árboles de capulines. Su papá dejaba que ella y sus hermanos se subieran a los árboles y recogieran todos los que quisieran. Esta parte del recuerdo muestra cómo les daba pequeños momentos de libertad y alegría, incluso en lugares relacionados con el trabajo.
Creo que mi mamá simplemente quería sentirse libre, no preocuparse por si iba a poder comer ese día o pensar demasiado en el trabajo. Solo quería ser. Cuando su papá le daba tunas o la dejaba subir a los árboles para recoger capulines, esos momentos le daban un descanso del peso de su vida diaria.
Para mí, esto demuestra que ese recuerdo permaneció con ella porque le permitió sentirse como una niña, aunque fuera solo por un momento. No se trataba solamente de la fruta. Se trataba de sentirse querida, segura y libre.
Al observar juntas las historias de las tunas y los capulines, me di cuenta de que los recuerdos que mi mamá más atesora son aquellos en los que se sintió libre. Ya fuera trepando árboles, comiendo fruta con sus hermanos o pasando tiempo con su papá, los momentos que recuerda con más cariño son aquellos en los que no tenía que pensar en el trabajo, el hambre o las responsabilidades. Por un momento, simplemente podía ser una niña.
Mi mamá siempre ha sentido un gran adoración por su papá. Dice que él era el más noble mientras ella crecía, especialmente en comparación con su mamá. Cuando estaba vivo, le encantaba tocar el arpa. Mi mamá me contó que podía tocar cualquier instrumento de cuerdas y que era el mejor músico del pueblo. Lo recuerda cantándole a mi abuela y a ella, y creo que esos recuerdos permanecieron porque guardan la versión de él que ella quiere conservar, un hombre amable, musical y lleno de amor.
Por eso, perderlo significó mucho más que tristeza para mi mamá. Mi abuelo falleció de Alzheimer en septiembre de 2020. Cuando ella recibió la noticia, llevaba aproximadamente veinte años sin verlo porque era indocumentada y todavía estaba el largo proceso para arreglar sus papeles.
Nunca había visto llorar a mi mamá como lo hizo ese día. Por primera vez la vi como una hija y no solamente como mi mamá. Fue extraño porque, por un momento, ella era la hija, y yo la mama. Yo estaba tratando de consolarla de la misma manera en que ella siempre me había consolado a mí.
Tampoco pudo ir a su funeral. Lo único que recibió fueron fotografías de cuando lo enterraron en el panteón de su pueblo pequeño. Cuando visité México el año pasado, encontré su tumba y hablé con él sobre mi mamá. Ahora suena un poco tonto, pero en ese momento sentí que llevaba conmigo una parte de su dolor. Como ella no podía estar ahí, yo quería estar ahí por ella. Aunque lo único que pudiera hacer fuera hablarle al silencio y fingir que él podía escucharme.
Mientras que mi abuelo representaba la ternura y la libertad, mi abuela representaba algo muy diferente. Si mi abuelo le enseñó a mi mamá cómo disfrutar la vida, mi abuela le enseñó cómo sobrevivirla. La siguiente historia que compartió conmigo ensena la fuerza, el coraje y la resiliencia que mi abuela llevó durante toda su vida. Es una de las historias más intensas de la entrevista, pero también me ayudó a entender de dónde viene la fuerza de muchas de las mujeres de mi familia.
Venganza Después de la Violencia Familiar
Una de las historias más fuertes y dolorosas que recuerda mi mamá involucra a su propia madre siendo atacada por dos de sus cuñadas, una de ellas era la esposa de su tío. La familia de mi abuelo no quería a mi abuela y la trataban mal. Un día, las dos mujeres la atacaron físicamente al mismo tiempo, sin darle la oportunidad de defenderse.
Después de la agresión, mi abuela pasó dos semanas consumida por el enojo y la humillación. No podía dormir y observaba cuidadosamente las rutinas de las dos mujeres. Se fijaba a qué hora salían de sus casas, cuándo iban al río a lavar ropa o cuándo visitaban la tienda. Esperó el momento adecuado para enfrentarlas por separado.
Mi abuela cargaba un candado grande en la bolsa de su mandil y también llevaba una pistola pequeña. Cuando finalmente encontró sola a la esposa de su tío, la agarró del cabello y la golpeó con el candado hasta que comenzó a sangrar. Más tarde también buscó a la otra cuñada. Los enfrentamientos ocurrieron cerca del río donde las mujeres acostumbraban lavar ropa.
Mi mamá sabe que estas acciones fueron violentas y que no necesariamente son un buen ejemplo. Sin embargo, también entendía el dolor emocional y la impotencia que su madre sintió después de haber sido atacada por dos personas al mismo tiempo. Mi abuela explicaba que lo que más le dolió no fue el dolor de los golpiza, sino fue más la lastimó no haber podido defenderse.
Durante la entrevista, mi mamá me explicó que lo que su madre recordaba con más fuerza no era el dolor de los golpes, sino la sensación de impotencia. Lo describía como estar siendo sujetada por una persona mientras otra te golpea, sin tener ninguna oportunidad de defenderte o responder.
"Mi mamá no podía dormir por el coraje y la impotencia que sentía. Lo que más le dolió fue que esas dos mujeres ni siquiera le dieron la oportunidad de defenderse. Era como si una persona te sujetara mientras la otra te golpeaba."
Mi abuela siempre les enseñó a sus hijas que no debían buscar problemas ni empezar peleas. Sin embargo, creía firmemente en defenderse cuando fuera necesario. Les decía:
"No quiero que la gente ande diciendo que ustedes empiezan pleitos, pero si alguien se mete con ustedes, no se dejen."
Esa lección acompañó a mi mamá durante toda su vida. Para ella, su madre representaba tanto la fortaleza como la resiliencia; una mujer que soportó muchas dificultades pero que se negó a dejar que los demás se aprovecharan de ella.
Creo que esta historia permaneció con mi mamá porque le mostró la fuerza y el carácter de su madre. Si soy honesta, casi todas las historias que he escuchado sobre mi abuela la pintan como una mujer muy fuerte. Mi mamá incluso me ha contado que mi abuela llegaba a golpear a hombres que le faltaban al respeto o le gritaban cosas en la calle.
Pero por lo que puedo entender, mi abuela tampoco tuvo una vida fácil. Mi mamá me contó que mis bisabuelos no la trataron bien cuando era niña, así que imagino que parte de ese enojo nació de años de maltrato y de tener que aprender a defenderse sola.
Aunque la forma en que mi abuela respondió en esta historia fue violenta, mi mamá entendía de dónde venía ese coraje. Mi abuela había sido atacada por dos de sus cuñadas al mismo tiempo, y lo que más le dolió fue no haber tenido la oportunidad de defenderse. Por eso, esta historia se convirtió en algo más que un simple recuerdo de venganza. Se convirtió en una lección sobre supervivencia, dignidad y respeto propio.
Mi abuela no les enseñó a sus hijas a andar buscando peleas, pero sí les enseñó que, si alguien se metía con ellas, no debían dejarse. Esas palabras pasaron de mi abuela a mi mamá, y ahora también han llegado a mí. Probablemente algún día yo también las transmitiré, porque hablan de mucho más que pelear.
Para mí, significan conocer tu propio valor, protegerte y no permitir que las personas te traten como si fueras débil.
Escuchar esta historia también me hace pensar en mi relación con mi abuela. Nunca fui muy cercana a ella debido a la distancia. Durante la mayor parte de mi vida, ella estuvo en México y yo aquí en Estados Unidos, así que gran parte de lo que sé sobre ella proviene de las historias que me han contado mi mamá y otros familiares.
Hace algunos años la trajeron a vivir a Estados Unidos y ahora, cuando la veo como una señora mayor y pequeñita, me cuesta imaginarla haciéndole daño a alguien. Al mismo tiempo, mi tía, que es quien la cuida, dice que todavía puede ser un poco agresiva, así que tal vez esa parte de ella nunca desapareció por completo.
Creo que eso es lo que hace que esta historia se sienta aún más real para mí. Mi abuela no es una sola cosa. No es únicamente la mujer fuerte que se defendió, ni tampoco solamente la anciana que veo hoy. Es ambas cosas. Fue moldeada por todo lo que vivió.
Aunque no crecí cerca de ella, estas historias me ayudan a entender de dónde vienen parte de la fuerza y el coraje de mi familia. También me hacen pensar que me parezco más a mi abuela de lo que me gustaría admitir. Puede que yo no reaccionara de la misma manera que ella, pero entiendo esa sensación de no querer ser irrespetada ni permitir que otros te pasen por encima.
Esta historia revela que mi mamá creció rodeada de mujeres que tuvieron que ser fuertes porque la vida no siempre las protegió.
Viaje a Zamora
Cuando mi mamá tenía alrededor de dieciséis o diecisiete años, su hermana Rosa la invitó a Zamora para ayudarle a cuidar a sus hijos. Rosa confiaba tanto en ella que le dejaba a sus hijos bajo su responsabilidad, casi como si fuera otra mamá para ellos. Mi abuela les dio permiso para ir, y ella se sintió muy emocionada porque siempre había querido salir de Abadiano, el pequeño pueblo donde creció y en el que nunca terminó de sentirse completamente feliz.
Se quedó en Zamora un mes y recuerda la experiencia con mucho cariño. A mi mamá le gustaba cocinar, cuidar a los niños, convivir con sus amigos y sentirse independiente. Ese viaje representó libertad y la oportunidad de experimentar una vida fuera de su pueblo natal.
Más adelante también pasó tiempo en Guadalajara con una de sus tías. Recuerda esas visitas con mucho cariño porque le permitieron disfrutar actividades que no podía experimentar fácilmente en Abadiano. Cocinaban, limpiaban, jugaban basquetbol, iban al cine, caminaban por la plaza y compraban antojitos juntos. Estas experiencias la hacían sentir feliz y conectada con un mundo más grande que la pequeña comunidad rural donde había crecido.
Durante su adolescencia le encantaba asistir a bailes y fiestas los fines de semana. Mi mamá cree que mi abuela era la que más confiaba en ella. Siempre que sus hermanos querían permiso para ir a algún baile o fiesta, le pedían a ella que preguntara porque era la que tenía más probabilidades de recibir un sí como respuesta. Aunque no era la hija mayor, mi abuela confiaba en ella, y eso la hacía sentirse valorada y apreciada dentro de la familia.
Mi abuela normalmente les exigía a sus hijos trabajar duro durante toda la semana antes de permitirles salir. Como a mi mamá le gustaban tanto los bailes, siempre cumplía con todas sus responsabilidades y quehaceres sin problema.
Creo que este recuerdo permaneció con ella porque le dio independencia. Su hermana mayor confiaba suficiente en ella como para dejar a sus hijos bajo su cuidado. Durante la entrevista, mi mamá se describió como "casi una madre" para sus sobrinos mientras estuvo en Zamora. Incluso décadas después, esa confianza sigue siendo importante para ella porque le demostró que su familia la veía como una persona responsable y confiable.
"Mi hermana Rosa iba a México cada año, y una vez tuvo que regresar porque su hija mayor tuvo un problema. Entonces Rosa le pidió permiso a mi mamá para llevarme con ellos a Zamora. Yo les ayudaba cocinando y cuidando a los niños, casi como una mamá. Desde entonces mi hermana confió mucho en mí y me dejaba a sus hijos bajo mi cuidado. Yo estaba muy feliz porque me encantaba salir de Abadiano. Me quedé allá como un mes."
Esa confianza probablemente la hizo sentirse valorada, responsable y capaz. Lo que más me llama la atención de esta historia es ver que mis primos todavía la ven como algo más que una tía. Todos mis primos del lado de mi mamá son mucho mayores que yo, así que es curioso ver la relación que tienen con ella. No la ven solamente como una tía. De cierta manera todavía la ven como una figura materna porque ayudó a cuidarlos cuando eran pequeños.
Eso hace que este recuerdo sea aún más significativo porque no fue algo temporal que ocurrió solamente durante ese mes en Zamora. Esa confianza que se ganó con el tiempo siguió presente en la familia, y mis primos todavía la respetan y la quieren mucho.Sus recuerdos de Guadalajara también reflejan esto. Ella recuerda cocinar, limpiar, jugar basquetbol, ir al cine, caminar por la plaza y comer junto a sus familiares. Estos detalles pueden parecer simples, pero para mi mamá representaban libertad. Le daban un descanso del trabajo, las responsabilidades y las limitaciones de Abadiano.
Esta historia muestra que mi mamá quería algo más que simplemente sobrevivir. Quería movimiento, independencia y la oportunidad de experimentar una vida que sintiera verdaderamente suya.
También me identifico con esta parte de la historia de mi mamá porque entiendo lo que se siente amar un lugar y aun así saber que tienes que dejarlo. Para mi mamá, ese lugar era Abadiano. Para mí, era Oakland.
Por mucho que ame Oakland y lo extrañe, siempre supe que tenía que salir de ahí para crecer y descubrir qué más era posible para mí. Eso me ayuda a entender aún más la emoción que sintió mi mamá al salir de Abadiano. No era que odiara el lugar de donde venía, sino que quería algo más de lo que ese lugar podía ofrecerle.
Escuchar su historia me hizo darme cuenta de que ese deseo de libertad y movimiento es algo que compartimos. Las dos llevamos un profundo amor por nuestros lugares de origen, pero también entendemos que necesitábamos espacio para convertirnos en nuestras propias personas.
Cuando miro todas estas historias juntos, me doy cuenta de que los recuerdos que mi mamá eligió compartir no nomas fueron recuerdos. Cada uno enseña algo importante sobre la persona en la que se convirtió.
Las historias sobre recoger tunas y capulines con su papá representan amor, cuidado y libertad. La historia de mi abuela representa fuerza, resiliencia y respeto propio. Los recuerdos de trabajar junto a su familia muestran la importancia de la unión familiar y de encontrar alegría incluso durante los momentos difíciles. Finalmente, sus recuerdos de Zamora y Guadalajara representan independencia, confianza y el deseo de experimentar una vida más allá de los límites de su pueblo.
Antes de este proyecto, yo conocía principalmente a mi mamá simplemente como mi mamá. Era la persona que me daba consejos, me hacía reír y siempre parecía saber exactamente lo que necesitaba escuchar. A través de estas historias pude verla como una niña colgado de los árboles para recoger capulines, como una hija que adoraba a su padre, como una adolescente que amaba bailar con sus amigos y como una joven que soñaba con una vida más grande para sí misma.
Escuchar sus recuerdos me ayudó a entender que la mujer que conozco hoy fue moldeada por experiencias, relaciones y luchas que existieron mucho antes de que yo naciera.
Estas historias también me ayudaron a entender mejor a mi familia. Muchos de los valores que llevo conmigo hoy no comenzaron conmigo. La bondad de mi abuelo sigue viva en la manera en que mi mamá cuida de los demás. La fortaleza de mi abuela todavía puede verse en las mujeres de mi familia. Incluso el deseo de mi mamá de salir de Abadiano y experimentar algo más allá de lo que siempre había conocido me resulta familiar.
Por mucho que ame Oakland y lo extrañe, siempre supe que quería salir y explorar qué más era posible para mi futuro. Escuchar las historias de mi mamá me hizo darme cuenta de que ese deseo de crecimiento y oportunidades es algo que compartimos.
También creo que estas historias tienen importancia más allá de mi propia familia. Como estudiante universitaria de primera generación, hay momentos en los que siento que vivo entre dos mundos. Uno es el mundo del que vienen mis padres, marcado por el sacrificio, el trabajo duro y la supervivencia. El otro es el mundo que estoy construyendo a través de la educación y las nuevas oportunidades.
A veces esa distancia puede hacerme sentir que me estoy alejando de mis raíces. Escuchar las historias de mi mamá me recuerda que no tengo que elegir entre de dónde vengo y hacia dónde voy. Mi familia, mi cultura y mi historia son cosas que llevo conmigo a donde quiera que vaya.
Más que nada, este proyecto me recordó el poder de las historias. Los recuerdos de mi mamá me permitieron entender partes de su vida que yo nunca experimenté personalmente. Me ayudaron a ver las alegrías, las luchas, las relaciones y las lecciones que la convirtieron en la persona que es hoy.
También me recordaron por qué es importante preservar estas historias. Algún día, cuando tenga hijos, quiero que sepan quién fue su abuela. Quiero que conozcan a la niña que recogía tunas con su papá, a la adolescente que amaba los bailes y las fiestas, y a la mujer que cruzó una frontera para construir una vida mejor para mí.
Algún día, cuando vea a mis propios hijos, sé que pensaré en mi mamá y mi papá y en todo lo que sacrificaron para que yo pudiera llegar a ese momento. Sus historias, sus luchas y su amor son la razón por la que yo tendré oportunidades que ellos nunca tuvieron.
Al final de nuestra entrevista, mi mamá me dijo:
"Tengo muchos recuerdos, tanto buenos como malos, pero prefiero recordar los buenos."
Después de pasar tiempo escuchando y reflexionando sobre sus historias, creo que esa frase la describe mejor que cualquier otra cosa. Su vida ha estado marcada por las dificultades, los sacrificios y las pérdidas, pero ella elige aferrarse a los recuerdos de amor, risas, libertad y familia.
En muchos sentidos, esa es la lección más grande que me ha dejado.